lunes, 23 de marzo de 2009

CRY CRY, CRI CRI. Por Gabriel Fuster.





La caja de los muertos, modelo consola.
Mi generación Baby Boom tuvo el privilegio de crecer al lado del más influyente, más prometedor invento desde la rueda. En la primera televisión, muchos vimos la nieve estática como novedad y antes que conociéramos los auténticos copos blancos de la estación invernal. Enseguida vimos los programas favoritos con todos los desajustes verticales de inicio y los continuos desajustes horizontales a lo largo de una raya que me sube y me baja, ay, que me sube y me baja. El enorme cubo de triplay guardaba el cinescopio que hacía posible este milagro que tardaba cinco minutos en encender y el doble de tiempo en apagarse con un terco punto de luz al centro.
Para 1960, la televisión era tan ubicua como el aire mismo. Una casa sin una antena en el techo era una casa de pobre arquitectura. En la novedad de hoy y reliquia de ayer, la primera transmisión mayor que salta sobre los hombros del mueble de la radio fue la cobertura de los Juegos Olímpicos de 1936 en Alemania. Los alemanes pudieron seguir la ceremonia de inauguración en la Fernsehstuben ubicada en cada oficina postal del área de Berlín. A pesar de la comparación con el sol que rompe los nubarrones del instantáneo informativo, ha sido razonablemente cuestionado que Hitler usó el invento para extender su propaganda de la supremacía aria. Lo irónico del asunto es que dos aportaciones distintas, el iconoscópio de Vladimir Zworykin y el Disector de Imagen de Philos Farnsworth, fueron mecanismos adaptados y operados en las cámaras alemanas. En 1936, Zworykin era un judío ruso, trabajando para los laboratorios RCA, y Farnsworth un mormón que se desempeñaba en la empresa Philco. Ambos pudieron haber sido perseguidos por sus antecedentes religiosos y étnicos. Y sin embargo sus invenciones hicieron posible la televisión en el tercer Reich. En México, Guillermo González Camarena patentó un sistema de televisión en colores y fue el iniciador de los canales 2 y 5 que trajeron la cara deseante de mil ojos a los hogares mexicanos. Quien tuvo un Strombreg Carlson de resolución monocromática se cansó del libro y lo cerró para tener la vista fija en el florentino panel de prueba de la era de televisión en blanco y negro. Una imagen hipnótica con cinco círculos gamados, cuatros externos para ajuste de los tonos grises y uno central para contraste y brillantez. Enseguida vino el ejercicio. Era de dos formas, levantarse del asiento para girar la perilla numerada cada vez que deseaba cambiar los canales o ir a comprar los productos anunciados en los comerciales. Los tiempos tenían un entusiasmo semejante a un contacto eléctrico que despide chispas y precisamente psiquis sopló en el corto circuito. Entonces, Kool-aid era la única bebida para niños, el nylon se incorporaba al diccionario inofensivo aunque las medias continuaban siendo de dos piezas, las cajas de los productos de marca políglota contenían premios en su interior para las masas televisivas. Pasados los comerciales, los programas eran en vivo y las risas genuinas. Revista de variedades, noticias y deportes. Y lo más importante de todo, los fantasmas. Los fantasmas en el televisor eran una distorsión en la imagen donde la señal que capta la salutación de las antenas luce duplicada haciendo que el programa contenga fantasmas. La explicación racional dicta que los fantasmas no existen y solo son producto de las interferencias en la impedancia. Es decir, el problema de los fantasmas en el televisor ocurre cuando una buena señal de transmisión choca contra edificios muy altos, arboles, etcétera, provocando rebotes de señal hasta que no se reconoce y otra vez se echa a dormir. Los fantasmas strictu sensu son entidades transparentes hechas de dos palabras: los otros.
-Papá, hay un fantasma en la sala
-Dile que ahorita no puedo verlo
Se dice que los fantasmas son gente que conserva un orden idéntico al de ayer puesto que quedaron inadvertidos de su propio fallecimiento o murieron con una tarea inconclusa que los obliga a persistir en el mundo material. Los fantasmas del televisor y los fantasmas del más allá eran los gemelos en el centro de mi tiempo. Los fantasmas crean fantasmas para no estar solos. Los niños, juegos.
-Mamá hay una mano en mi Mecano.
-¿Una mano?
-Una mano negra. Abrí la caja y apareció allí, flotando...como contando hasta cinco.
-Bueno, pídele que te ayude a armar las piezas de tu juguete.
Historia de fantasmas escrita con tinta invisible. La casa embrujada de mi niñez era fácil de ubicar entre sus puertas condenadas. Un largo corredor cruzaba todas las habitaciones, para terminar en amplio patio. Un poco el estilo de Versalles, pero con fantasmas más vulgares. El caso más vergonzoso que se presenció aquí, sucedió la noche del 9 de Noviembre de 1964. Su aparición provocó que mi abuela arrojara una chancla a la ventana de los vecinos, que mi abuelo escupiera a la policía y que mis papás nunca más volviera a solicitar los servicios de mis abuelos para cuidarnos a mí y a mi hermana, cuando ellos estuvieran de viaje. Me apena confesar que hubiera sido mejor que hubiera dejado al espectro vagar en pena y yo irme a la cama, en paz.
El asunto empezó a las doce campanadas de la medianoche. Un sonido de pisadas con torpe arrastrar de cadenas se escuchaba en la sala. Mi abuela dormía en el cuarto de mis papás, mi abuelo en un catre en el cuarto de los triques, mi hermana en su cama con dosel, mientras que yo terminaba de salir de darme un baño y me envolví con la toalla. En el cristal translucido que separaba la sala con el resto de la casa, pude ver la enorme sombra pasar de largo. Al principio pensé que era mi papá regresando de San Antonio, la ciudad, quiero decir, pero al no escuchar ningún refunfuño sobre sus gastos, deduje que se trataba de un ladrón. En ningún momento atravesó por mi cabeza alguna otra explicación sobrenatural.
Caminando de puntillas, me acerqué a la cama de Mina, mi hermana, y la llamé en la obscuridad.
-¿Mina? –le dije en voz baja, mientras sacudía el cuerpo dormido –Creo que llegaron los marcianos.
-¿Mmhhh? –ella contesta, con el mismo tono de un borrego sacrificado. Al mismo tiempo, recoge las piernas porque siempre guardó la superstición que “algo” te puede jalar de los pies durante la noche.
-Oigo ruidos en la sala – le explico mejor, cuando noto que los ojos dejan de girar.
Ella se levanta y me sigue con su pijama húmeda hasta las cortinas de las horas revoloteadas.
Ambos pegamos la oreja a la puerta.
Los ruidos habían cesado.
Mina me mira con cierta alarma, nomás traigo una toalla enrollada a la cintura. Ella quiere regresar a su cama, pero la detengo del brazo.
-Hay algo en la sala, te lo juro…
De inmediato, la incógnita reaparece con el sollozo de los mares.
Mina corre primero que yo y cierra tras de sí la puerta de nuestro cuarto. Yo trato de abrirla con las rodillas. El ruido del portazo despierta a la abuela.
-¡Que desorden se traen, niños! – demanda ella.
-Nada – dice Mina, reapareciendo por la rendija, con un olor fresco a caca.
Los ruidos provenientes de la sala se hacen alevoso homicidio. Ambos miramos a la abuela.
-¡Ladrones! –ella grita, intuitivamente.
Mina vuelve a cerrar la puerta tras de mí.
-¡Hay que llamar a la policía, niños!
Dado que el teléfono se encontraba en la sala, no adivinaba el modo que íbamos a llamar a la patrulla, pero la abuela hacía otra de sus incomparables decisiones con su figura baja. Ella abre la ventana que da a la recámara de los vecinos y arroja una de sus chanclas por encima del muro que separa ambas casas. El cristal de la ventana repica en la recámara ocupada por Don Fallo y su esposa, la concertista Maruca Beltrán.
Al minuto, Don Fallo se asomaba a su ventana rota y sacudía su puño en el aire.
-¡Voy a vender la casa y nos vamos a mudar a Malpaso!
-¡Ladrones, ladrones en la casa! –la abuela gritó.
Don Fallo pensó que se refería a su casa, pero entiende el tamaño de la emergencia y se presta a llamar a la policía desde la extensión en su buró.
Prueba de un indicador maniaco-obsesivo, yo arrojo la otra chancla para completar el par.

La Policía acude al instante. Ventajas de una ciudad chica, inscrita en la memoria. Un Ford sedán con estructura verbal azul, una motocicleta, una patrulla con ocho guardias y dos reporteros de El Dictamen. Ellos golpean con sus macanas a la puerta de la calle. La puerta tiene buena aldaba.
-¡Abran la puerta! –grita el gendarme.
Finalmente, los policías embisten con el hombro la pesada puerta de dos hojas, con postigos y herrería, y la rompen en el tercer intento.
Las linternas cruzan la sala y someten el orden. Una de ellas me atrapa, arreglándome la toalla nuevamente a la cintura.
-¿Quién eres tú? – pregunta el corpulento agente.
-Yo vivo aquí…
-¿Qué se sucede contigo? – baja la linterna a mi “cosita” y sonríe -¿Mucha agua fría?
Yo regreso a mi cuarto y decido ponerme una trusa.
El oficial a cargo se reporta con mi abuela.
-Ni un rastro de intrusos, señora. –informa- ¿Usted vio a alguien? ¿Qué media filiación tenía? ¿Piensa que fue uno o varios delincuentes?
-No sé, se oía por todos lados. Podría ser Chucho el Roto.
-Es curioso, pero las puertas y las ventanas están bien cerradas por dentro.
A distancia, un par de ellos trae a la fuerza a mi abuelo. Luce confundido. Antes de ser esposado, mi abuelo saltó a la conclusión que los policías eran desertores del ejército de Carranza.
-Lo encontramos atrás y nos escupió encima, comandante
-Suéltenme, perros cobardes – gritaba el abuelo.
-Es mi esposo…
-Llévenlo de vuelta a su cama.
Miro las fotos sepias en los ojos del abuelo. Las fotos de los buenos y malos tiempos, entonces un policía pone el tosco cañón de su pistola en mis costillas.
-¿Quién eres tú?
-Yo vivo aquí
-¿Qué haces en trusa? ¿No se quejan los vecinos?
-Solo si tenemos el televisor a todo volumen.
Los policías se mostraban reacios a dejar el lugar con las manos vacías. Ellos empezaron a catear los muebles del ropero, curioseando en la ropa interior. Yo desabotono mis prisas, poniéndome una blusa de mamá por tenerla a la mano. El periodista, con su cámara Leica con flash, se mira con recelo y pregunta.
-Ey, niño, ¿Cuál es el problema aquí?
-Tenemos fantasmas en la casa
Éste se me queda mirando como si fuera un surtidor al que le puso unas monedas y no hubiera conseguido el correcto refresco embotellado. Sin mostrar un gesto en la cara, se da la media vuelta y se va. La fuerza policiaca lo sigue detrás.
-¿Qué le sucede a esta gente? –pregunta mi abuela –
-Nos llamó locos, abuela
-¡Dios mío, parecían unas personas tan decentes!
No acaba de decir la frase, cuando el televisor en la sala se encendió. La hora de “Musical Ossart” daba inicio.

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